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"Mi secreto a gritos" por Natanael

Era una personita llena de alegrías, que no conocía de la maldad ni del engaño. Tenía apenas cinco años y medio cuando mi mundo se derrumbó en un segundo. Mis padres decidieron separarse luego de varios meses de desacuerdos en su vida matrimonial, esto ocurrió de repente, una tarde como cualquier otra, después de una gran pelea.
Fui testigo de esa pelea y aterrado de lo que sucedía corrí a casa de mi abuela, quien vivía al lado. Allí me encontré solo con mi primo 8 años mayor que yo, a quien le tenía mucha confianza y afecto.
Fue allí, en aquella tarde y en dicha situación que mi primo, sin contemplación, luego de haberme contenido, abusó sexualmente de mí. No entendía muy bien lo que sucedía pero muy en mi interior sabía que era algo malo. Mi primo me amenaza con romperme la cabeza si decía algo, así que cuando llegué a casa no dije nada y lo mantuve como “mi gran secreto”. Pensaba y entendía que si yo contaba algo de lo sucedido, lastimaría a mis padres. Así que sólo hice silencio y evité que notaran lo que me había ocurrido.
Mi madre estaba enseñándome a bañarme por aquellos días. Yo me bañaba solo y luego ella me revisaba para confirmar que lo había hecho correctamente. Recuerdo aun el terror que sentí cuando noté que salía sangre de mi cuerpo...
Esos abusos fueron repitiéndose durante un período de tres años. La verdad es que no sabía y no podía poner punto final a esta situación. Una tarde, mientras Román abusaba de mí, mi madre me llamó y noté que él se puso muy tenso, entonces tomé la decisión de poner punto final amenazando a mi primo con contar todo si seguía obligándome a tener sexo con él. Ese día terminaron los abusos. Sin embargo, el daño producido a mi identidad sexual iba a sostenerse en el tiempo.
Llegué a la adolescencia y notaba que yo me sentía diferente a los demás muchachos de mi edad. Aunque las mujeres no pasaban desapercibidas para mí, no lograban llamarme la atención como sí podía hacerlo un varón. Tenía grandes conflictos al respecto. Mis sentimientos y pensamientos parecían no ponerse de acuerdo jamás. No quería sentir aquella atracción, pero la sentía. No la deseaba pero la sentía inevitablemente.
Por aquellos días un vecino con contó sobre el amor que de Dios tiene para las personas, así que como familia nos acercamos a una iglesia evangélica del barrio donde vivíamos. Fuimos recibidos con mucho cariño. Un milagro ocurrió cuando pedimos a Dios que diera un orden sano a nuestras vidas y a nuestra familia. Al poquito tiempo, mi papá volvió a casa después de seis años de la separación de mi mamá. Nunca más nos separamos. ¡Qué alegría!
Aunque yo amaba a papá sentía que él era mi gran enemigo; de alguna manera lo hacía responsable y culpable de no haber estado para protegerme en aquellos días. Nos costó mucho edificar una buena relación, yo ya tenía 12 años y estaba en la plenitud de mi rebeldía adolescente. En la iglesia me hice de amigos de mi edad, en especial del hijo de uno de los encargados, que era muy querido por todos y también muy atractivo. En poco tiempo nuestras familias se hicieron íntimos amigos. Pasábamos muchas horas juntos, en su casa o en la nuestra. Una tarde, jugando a la guerra de almohadas me caí al suelo y él cayó sobre mí. Aunque fue sin intención algo me sucedió dentro del corazón. La siguiente vez que jugamos sucedió lo mismo y él no pudo evitar besarme. Comenzamos una relación homosexual, casi accidentalmente. Duró un año. Para él, esta fue pasar por una experiencia más, pero para mí él se había convertido en el centro de mi vida. A partir de allí me permití experimentar estos sentimientos, con cierto cuidado. Luego de haberme puesto de novio con varias chicas de la iglesia, decidí casarme con Nataly. Hacía dos años que éramos novios y sentíamos algo muy especial. Dos meses antes de casarnos, ella me exigió tener relaciones sexual, lo cual causó una gran decepción y crisis en nosotros. Decidimos cortar la relación. Fue durísimo para ambos, yo caí en una gran depresión y en medio de esa experiencia fatal, me acerque a Dios y le confesé mi “secreto a gritos”. Si Él podía hacer algo era en ese momento que debía hacerlo; en medio de una mudanza encontré un diario cristiano muy viejo con un anuncio que me llamó la atención, este decía: “RETORNO A LA VIDA”.
Hablaba sobre un ministerio de restauración hacia personas con problemas de identidad sexual. Viví aquél momento como una respuesta de Dios, y sentí que se habría ante mí, un panorama esperanzador.
Sin embargo, como yo era hijo de un ministro eclesiástico, no podía pedir ayuda en la iglesia porque pensé que me juzgarían y lastimarían. En ese momento yo estaba estudiando fotografía y en el grupo me hice amigo de Verónica (un ser especial) a quien le confíe lo que me estaba pasando, entonces ella me dio su apoyo incondicional. Pedimos una entrevista a “Retorno” y me acompañó a encontrarme con la Licenciada Mabel Borghetti. Nunca olvidaré ese día, estaba aterrado, jamás había contado a nadie lo que me había sucedido. Pero pude hacerlo y un tiempo nuevo llegó.
Ha sido difícil transitar este proceso de restauración, pero hoy puedo contar “mi secreto a gritos”, porque he hallado libertad de las cadenas que me oprimían. Dios cambió mi manera de pensar y sentir. Pero además, cambió hasta mis expresiones gestuales y físicas. Sé que debo seguir trabajando todavía en algunos detalles pequeños, pero sin lugar a dudas hay un camino de retorno a la vida, a la libertad, al placer de estar vivo y ser amado con amor real.
Si hay en vos un dilema en cuanto a tu orientación, no dejes de buscar la respuesta, hay una vida nueva que está esperando por vos. No bajes tus brazos, se puede ser feliz y libre.
Un versículo bíblico que me impactó y ayudó mucho es 1° Corintios 6:9-11. Allí dice que en Corinto había ex-homosexuales cambiados por el amor de Dios. Aun hoy sigo viendo en mí al Dios de milagros.
• Natanael es un nombre de Fantasía. Este testimonio corresponde a uno de los jóvenes asistidos por el ministerio Retorno a la Vida.